CONFERENCIA, MONTEVIDEO, 13 DE MAYO 2026

La víctima como capital moral

Notas sobre la conferencia de Catherine Pérez-Shakdam.

Redacción Jikatu

La herida pide reconocimiento.
La ideología pide permanencia.

Pérez-Shakdam pasó parte de los años 2000 viviendo en Yemen, casada con un sunita yemení a quien había conocido cuando estudiaba en Londres. Entre 2016 y 2017 trabajó como consultora para el Panel de Expertos del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la economía de guerra yemení. En mayo de 2017 entrevistó a Ebrahim Raisi durante su primera campaña presidencial y lo acompañó por Rasht. Esa biografía manda en el tono de la conferencia: cuando habla del oprimido tiene en la cabeza una casa de barro en Sanaa, y cuando habla del opresor recuerda a los hombres que la recibieron en Teherán y que después, cuando supieron quién era, pidieron su cabeza.

Habló durante una hora con foco en una idea: Occidente convirtió a la víctima en posición política permanente, y esa operación perpetúa el daño que dice denunciar.

En los años treinta el lugar lo ocupaba el obrero que trabajaba catorce horas en una fundición de Pittsburgh. Después el colonizado al que un funcionario en Londres le trazaba la frontera. Después la minoría a la que una ley le negaba el voto. Cada causa nació de un daño con dirección postal, y cada causa pidió primero reparación. La degradación llega cuando el daño ya no pide ser reparado: pide ser identidad. Reparar termina. Ser, no.

La víctima entonces comparece distinto. Ya no como alguien dañado sino como figura pública. Su herida abre puertas en el debate y su dolor clausura objeciones. Pide obediencia donde antes había pedido justicia. La compasión, ante esa víctima nueva, cambia de oficio: ya no la levanta, la sostiene en el suelo. La víctima en el suelo paga interés todos los meses. El sobreviviente, en cambio, molesta. Se levanta, trabaja, reconstruye. Rompe el negocio simbólico de quien necesita la herida abierta.

"Nadie es víctima. Lo que te ocurrió no te define. Te define cómo respondes. A los que salieron de los campos no los llamen víctimas: son sobrevivientes. Llamarlos víctimas les quita el poder que conquistaron al sobrevivir."

Una ideología militante trabaja con dos figuras puras. Un oprimido sin mezcla. Un opresor sin matices. Necesita una escena sin historia previa, sin responsabilidad cruzada, sin daño doble. En esa escena reducida el juicio se dispara como reflejo. La complejidad parece traición, la duda parece complicidad, y la experiencia vivida pesa menos que la consigna aprendida.

Pérez-Shakdam apuntó entonces al campus anglosajón. En abril de 2024, mientras estudiantes acampaban en el South Lawn de Columbia con la consigna "Gaza Solidarity Encampment", cientos de profesores hicieron walkouts en solidaridad con los arrestados por la policía de Nueva York. La coalición Columbia University Apartheid Divest, en cuya formación participaron figuras como Hamid Dabashi, pide el desinversión total de la universidad respecto a Israel. Buena parte de esos mismos profesores firma a la vez las cartas institucionales sobre diversidad e inclusión que la universidad emite cada año. La contradicción es de oficio: una clase que aprendió a usar el dolor ajeno como insignia propia. Leyeron mucho. Vivieron poco. Hablan con solemnidad de sacrificios que jamás pagaron. Lo que se ve hoy en los campus, dijo, es el resultado de cuatro décadas de trabajo paciente sobre los planes de estudio.

La tesis tiene peso, aunque la conferencia esquivó lo que toda tesis fuerte le debe a su adversario. Que el reclamo de víctima haya sido secuestrado por la ideología no convierte cada invocación de víctima en chantaje. Las miles de mujeres y niñas yazidíes secuestradas y vendidas como esclavas por el Estado Islámico en Sinjar a partir del 3 de agosto de 2014 —reconocidas como víctimas de genocidio por la ONU— no piden permiso a ninguna teoría para existir como hecho. Distinguir compasión de manipulación es un trabajo arduo, y la crítica al campus, llevada hasta el final, debería poder aplicarse también al bando propio. La disciplina que se exige al adversario es la primera prueba del rigor del que la exige.

La parte de la conferencia que más sirve viene de su biografía iraní. Pérez-Shakdam aprendió en Teherán algo que después llevó a sus interlocutores occidentales:

"Dejen de pedirles a los pueblos que los amen. El amor es para la familia y los amigos. Lo que un Estado puede pedirle a otro es respeto. El respeto se construye cuando hay interés recíproco. El interés propio es la mejor receta para la paz."

Entre Estados la paz se sostiene con cálculo. Aparece cuando romper la paz sale más caro que mantenerla. Pedir amor al adversario es ingenuidad; construir respeto, inteligencia. Los Acuerdos de Abraham, firmados en septiembre de 2020 sobre la base de interés económico verificable —tratado de libre comercio Israel-Emiratos en 2022, cooperación en seguridad y tecnología, vuelos directos entre Tel Aviv y Dubái—, han sobrevivido cinco años de turbulencia regional. La guerra en Gaza desde octubre de 2023 los puso bajo presión: Bahréin retiró temporalmente a su embajador y varios indicadores económicos cayeron. Pero los acuerdos se sostienen donde la retórica de la reconciliación nunca llegó a construir nada comparable.

La conferencia cerró con tres líneas que merecen quedarse sin glosa:

La víctima que recupera agencia
deja de servir a la ideología.
Empieza a servir a la vida.

Catherine Pérez-Shakdam es directora de Forward Strategy en el Forum of Foreign Relations y associate scholar del Jerusalem Center for Security and Foreign Affairs. Fue research fellow de la Henry Jackson Society y consultora del Panel de Expertos del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Yemen entre 2016 y 2017. Publica en The Jerusalem Post, Times of Israel, BBC Arabic y BBC Persia. En 2017 entrevistó al entonces candidato presidencial iraní Ebrahim Raisi durante su primera campaña.

— JIKATU —

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