La rigorosa pereza de elegir bando

El artículo publicado en Brecha sobre Doña Bastarda abre con un gesto que merece reconocimiento: corregir el mito del jabón nazi. Los datos son exactos. Shmuel Krakowski lo dijo, el Yad Vashem lo confirma, Deborah Lipstadt lo documentó. Hasta ahí, periodismo. Y lo es independientemente de matices técnicos: la cuestión histórica está sustancialmente saldada.


Lo que sigue en su nota es otra cosa: el rigor inicial funciona como credencial depositada en la mesa para luego cobrar sin respaldo durante el resto del texto. Es una operación retórica conocida: establecer autoridad factual en un punto acotado para extender esa autoridad a un argumento que ya no la posee.

La voluntad capturada

El texto opera mediante una estructura de captura: se establece una única posición moral legítima —en este caso, la denuncia total e incondicional de Israel— y todo lo que no coincida con ella tiende a clasificarse como complicidad, hipocresía o lobby. No hay grados, no hay matices, no hay espacio para admitir que la verdad puede ser una y, aun así, que la justicia de esa verdad exige juicios paralelos.

¿Se puede estar horrorizado por lo que ocurre en Gaza y al mismo tiempo sostener que una estrofa que celebra convertir personas en jabón sí cruza un umbral? El artículo lo da por resuelto. Cualquier persona razonable diría lo contrario: ambas cosas —el horror ante Gaza y el rechazo de esa retórica— caben en la misma conciencia. Cuando un discurso elimina esa posibilidad, la conciencia deja de pensar y se convierte en coro.

El fideicomiso de la palabra

Quien denuncia crímenes reales desde una plataforma periodística administra un bien frágil: la credibilidad. Y esa credibilidad se erosiona cuando se la usa para fines que la contradicen.

El artículo documenta horrores —tortura en cárceles israelíes según B’Tselem, niños muertos de hipotermia según la ONU, bombardeos contra hospitales— que exigen la mayor seriedad. Pero el mismo texto que exige seriedad trata la retórica de «convertir en jabón» como travesura carnavalesca cuando apunta hacia otro lado. El fideicomiso exige auditoría en ambos sentidos: no se puede exigir rigor histórico en un párrafo y abandonarlo en el siguiente; no se puede reclamar el peso moral del sufrimiento ajeno mientras se trivializa el lenguaje que lo produce.

Lo que el artículo no dice

Hay un vacío estruendoso en el texto: Hamás no existe en él. No como agente, no como responsable, no como fuerza que secuestró la voluntad del pueblo palestino, que usó civiles como escudos, que confiscó ayuda humanitaria, que convirtió Gaza en plataforma de guerra. El 7 de octubre aparece como mera cifra aritmética —«Israel ya mató más de 70 veces la cantidad de muertos del 7 de octubre»—, no como masacre deliberada de familias, violación como arma, secuestro de ancianos y niños. La barbarie del 7 de octubre se vuelve denominador en una ecuación; la barbarie israelí se vuelve narrativa con nombre, rostro y padre cargando bolsas.

Esa asimetría no es descuido: es arquitectura. Y esa arquitectura se sostiene, primero, en el modo de nombrar qué vidas cuentan y qué lenguaje se tolera para negarlas.

El centauro y la bestia

Existe una diferencia entre criticar a Israel y normalizar el lenguaje que convierte personas en residuo. La estrofa de la murga —«los encierro en una jaula y los convierto en jabón»— no nombra a Israel, como bien señala el articulista. Pero tampoco nombra a nadie. Y ahí reside el problema que el artículo elige no ver: una retórica que promete fusilar periodistas, reventar hospitales, romper la Cruz Roja y reducir cuerpos a jabón no es sátira del poder; es la reproducción de una gramática de exterminio.

Decirlo importa, porque el lenguaje no es decoración: es permiso. En sociedades con vida pública intensa —y Uruguay lo es— el humor político, la murga y el periodismo comparten un mismo ecosistema simbólico. Cuando una forma de decir que despoja de humanidad se defiende como “carnaval” o “símbolo elocuente”, no se la vuelve inocua: se la vuelve disponible. Se la autoriza a circular sin vergüenza, sin costo moral, como si el umbral de lo intolerable fuera negociable.

Denunciar la deshumanización con un lenguaje deshumanizante no desenmascara el horror: lo vuelve costumbre. Y esa costumbre no queda encerrada en una metáfora; deja una marca pública. Si la vida humana puede volverse “jabón” en una estrofa celebrada, también puede volverse “detalle” en un argumento, “daño colateral” en un informe, o “ruido” en una conciencia ya capturada.

Pacto de la palabra

La democracia se apoya en instituciones y en un mínimo de lenguaje compartido que impida reducir al otro a despojo. Ese mínimo actúa como umbral civilizatorio; no equivale a censura. Cuando se traspasa, deja de ser una forma de denuncia y se convierte en la habilitación de un registro que hace inviable la convivencia moral, incluso entre adversarios.

La estrofa de Doña Bastarda —«a matar y a cantar»— no responde a una crítica de política exterior; constituye una estética de la muerte. Convierte la muerte en canción, celebración y rito. El articulista, al contestar a sus críticos, incurre en una falacia conceptual: la carencia moral del crítico no invalida la crítica misma. Los silencios selectivos ante Gaza no logran legitimar el lenguaje del exterminio. La coherencia moral debe exigirse en ambos sentidos; de lo contrario, la moral pierde su carácter y deviene facción.

Quien asume que la hipocresía ajena autoriza una retórica sin límites transforma el intercambio en guerra simbólica. Esa guerra obedece a una lógica simple: la deshumanización del otro permite cualquier acción. Romper ese umbral reabre el abismo, independientemente de la orilla.

La solidaridad de la cicatriz

El artículo termina con una pregunta retórica: «Porque todos sabemos cómo termina». La frase busca evocar el Holocausto como advertencia. Pero la advertencia más profunda del Holocausto no es «cuidado, te puede pasar a ti también». Es otra: la deshumanización siempre comienza con el lenguaje. No hay excepción histórica. No hay pueblo al que le esté permitido deshumanizar porque su causa sea justa. La causa puede ser justa —la causa palestina lo es en muchos de sus reclamos— y el lenguaje puede ser, simultáneamente, inaceptable.

La paz necesita un ámbito donde la vida pese más que la profecía, donde el poder se incline ante su límite, y donde convertir a alguien en jabón —en la letra o en los hechos— sea igualmente intolerable.

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